El hombre que aprendió a perdonar (Cuentos)

El hombre que aprendió a Perdonar

 

 

 

 

 

 

…Un hombre se le acercó andando cabizbajo y le dijo de buen tono…

 

- Por favor… perdóname.

 

El otro lo reconoció; este estaba sereno, y así le contesto, calmado…

 

- ¿Quieres que te perdone? ¿Yo? Veras… no hace falta.

- Si, ¡si hace falta! Lo necesito…

- Ya veo… Lo necesitas, te hace falta… ¡Bien pues! Pero dime antes: si yo te doy mi perdón… ¿que harás tú con él?

- Que… ¿qué haré con él? Ay, no se, ¡que pregunta!

- ¿no sabes que harás con mi perdón?

- Bueno… no se… no. ¿Qué se puede hacer? No se… ¡Yo solo quiero que me perdones!

 

El otro quedó en silencio un instante, esperando más de él, quien como empujado por tal silencio continuó, casi ofendido…

 

- ¿Es que me quieres humillar haciéndome repetirte más veces que me perdones?

- Bueno… en principio, si te sientes humillado por pedirme perdón un par de veces… será mejor que vuelvas otro día a pedírmelo, pues hoy, aún no estás preparado para llevarte tan gran tesoro.

- No, no me entendiste, no me humilla pedirte perdón ¡pero es que me lo pones tan complicado!

- ¿Complicado… porque te pido saber que harás con él? Mira, imagina que en vez de mi perdón, me pidieras mi dinero. Imagina que me pides una suma importante de dinero; lo lógico sería que ante tal cantidad te pregunte para que la quieres; y tú verías normal eso, es más seguramente ya serias tú mismo el que vendría preparado con un “Plan de Negocio” con el que explicarme los beneficios de esa empresa para la que me pides el préstamo; dispuesto a seducirme tanto como tú lo estuvieras ya por tal proyecto, a fin de que me anime a invertir en él. ¿Cierto?

- Bueno…si, así funcionan esas cosas, si.

- Bien… ahora dime, ¿por que vendrías tan preparado, para pedirme mi dinero; tan concentrado, y predispuesto… y en cambio llegas a mí tan desprovisto de propósito, cuando me pides mi perdón?

- ¿…? [Quedó mudo]

- ¿Es menos importante lo que me pides ahora? ¿Tiene menos valor para ti? Quizás es por eso que no te preocupaste en saber para qué lo quieres, y aún menos te ocupaste de que yo entienda y participe de tu necesidad…

 

Se hizo de nuevo un silencio. Uno calló para entender en verdad la profundidad de aquello que él mismo estaba diciendo, el otro… calló porque no sabia que decir. ¡No entendía qué le estaba pidiendo aquel que tan sólo tenia que perdonarle! O bien… no perdonarle, pero en cualquier caso ¿a que venia todo ese interrogatorio?

 

- A ver… exactamente ¿Que debería yo hacer para que me perdonaras?

 

Intervino al fin, tras un suspiro, como cargándose de paciencia. Estaba muy confuso, pues él únicamente había venido a pedir perdón. Sólo necesitaba que le dijeran “te perdono” y podría irse de nuevo ya tan tranquilo. No entendía por que debía pasar por tan “caprichosa” penitencia. Y en ese momento, el otro respondió…

 

- Sabes, ya te di la respuesta a esta pregunta tuya hace mucho rato, al principio de nuestra conversación. Yo en tu lugar pues, no me volvería a preguntar lo que debas “hacer para obtener mi perdón”, sino qué deberías “hacer cuando yo te lo dé”. ¿Es tan difícil de entender?  La pregunta adecuada por tanto, no es qué hacer para que te perdone, pues ya te dije el qué: simplemente… que me digas lo que harás con mi perdón.

- Pero… ¿Qué se puede hacer con un perdón?

- No se… dímelo tú, que eres el que lo pide. Para algo será… algo querrás hacer  “con lo que pides”, sino… ¿Para qué lo pides?

 

En este momento él empezó a entender que había cierta lógica en esas palabras o al menos, de la forma que se estaban combinando daban sentido al requerimiento que se le formulaba… La situación estaba ya más clara: Si él pedía algo, debía de saber para qué lo quería ¡qué haría con ello! Pero de repente, como tantas veces le pasa al que intenta salir de un sueño, justo cuando pensó que había visto luz en ello… todo retornó donde estaba al principio en él: A la confusión. Y replicó así…

 

- Pero hombre ¿No ves que no me puedes preguntar por el uso que haré de algo que no es material? Entiendo, si, que pidiéndote dinero me preguntes para que lo quiero, pero si te pido perdón… algo que no es…. “nada”, es decir que no puedo hacer nada con el, no puedo venderlo ni comprarlo etc.… ¿Qué respuesta esperas?

- Ciertamente, dices bien: el perdón no puede venderse ni comprarse.

- Bueno… ya me entiendes lo que quiero decir ¿no?

- Si… te entiendo. ¿Me entiendes tú?

- La verdad, no. No entiendo toda esta conversación en absoluto.

- Bien, si no me entiendes a mi, quizás sea más fácil entenderte tu mismo [le contestó irónicamente] Tú, eres el que quiere algo que no sabe para que lo quiere…. ¿Te parece eso más fácil de entender?

 

Ahora, el silencio fue diferente… parecía como si ambos estuvieran más cerca que nunca antes en la conversación. Por fin el que pedía perdón estaba viendo que la postura más incomprensible no era la que en un principio le pareció ser… sino la suya propia… ¡Si pudiera alcanzar a responderle! Si pudiera saber qué puede hacer él con el perdón que pide… ¡Eso era ya todo lo que deseaba en ese momento! Y entonces… pasados unos largos segundos contestó

 

- Está bien, lo que haré con ello es: sentirme mejor.

- Sentirte mejor… ¿Que es eso de “sentirse mejor”? ¿Lo usarás para sentirte mejor? ¿Y cómo pretendes usar mi perdón? ¿Lo aplicarás como se aplica una pomada para el reumatismo, o lo tomarás como pastillas para el dolor de cabeza? ¿Algo así… para sentirte mejor?

- No, no… ¡Caramba que obtuso estás!

 

Como siempre, así como parecía que alcanzaba luz… tal como había logrado dar un paso más, a la próxima exigencia de su interlocutor… se volvía a rebelar neciamente. Pero hasta él mismo podía notar ya cómo en cada una de esas veces su soberbia era menor, y cómo aceptaba más la conversación, la posibilidad de entender… y por ello, siguió hablándole de esta otra manera…

 

- Mira, no entiendes, lo que quise decir es que por el hecho de que tú me perdones ¡yo me sentiré mejor!

-   Está bien, está bien… pero mira, ¿y si yo te he perdonado ya, y tu no lo sabes? ¿Que ocurre entonces? O imagina que yo estoy de viaje, en otra ciudad, que no me ves ni me llamas, ni yo a ti…. pero que yo, un buen día ya… te perdone. ¡Imagina que yo en verdad te perdone! solo que tú… no lo sabes. ¿que ocurriría?

-   Pues… ¡que yo seguiré sintiéndome mal! porque no sabré que ya me has perdonado.

-   Entonces… como podrás ver, te equivocas pidiéndome perdón a mi; “no es importante que yo te perdone” (pues yo podía haberlo hecho ya, y en cambio a ti no ayudarte en nada…), sino que lo importante parece, es que tú sepas que yo te perdono, es decir… que “te sepas perdonado”… que te sientas capaz de ser perdonado… 

- Si… si, yo tengo que saber que puedo ser perdonado, y dejar de sentirme culpable por fin… ¡Eso es!

 

Entonces el otro retrasó su cabeza con gesto complacido, como pretendiendo admirarlo con mayor ángulo de visión, como si lo que tuviera delante fuese la mas preciada obra de arte… Como si hubiera llegado la conversación al punto deseado por él desde el principio, y ahora si, valía la pena admirar la situación…

 

- Así que te sientes tan culpable ¿eh?… ¡Bendito sea el remordimiento, y alabado sea Dios por darnos ese “sentimiento guía” que nos dirige hacia el arrepentimiento!

- ¡Claro que me siento culpable por todo aquello que te dije, y lo que yo te he hecho que tú no mereces realmente, pues siempre te portaste bien conmigo y en cambio…. mira yo cómo te pagué!

 

Y como si no le escuchara, pero atendiendo a lo último que este dijo, siguió exclamando al cielo…

 

- ¡Y bendita sea la confesión, que es la llave del perdón! Gracias Padre…

 

Después de sus alabanzas quedó pensativo y cabizbajo, el que empezó estando tranquilo, y de repente siguió diciendo…

 

- Yo, soy quien pido perdón ahora Señor, ante mi ofendido porque si, en algún momento me dolió lo que él hizo conmigo… y en vez de rogar por él siempre, me sentí agredido… perdóname Padre, por cuantos instantes haya dedicado a mi dolor en vez de al suyo.

 

El otro no entendía nada, y le pregunto…

 

-   Que haces, ¿Ahora pides perdón tú?

-   Si… pedí perdón; porque el hombre en verdad no puede perdonar… pues cuando verdaderamente perdona, lo que hace es ¡arrepentirse por haber juzgado y sentenciado! Y sólo entonces entiende que lo que él debe hacer en verdad, es pedir perdón… Pues ningún hombre puede perdonar a otro, sino pedir perdón… por haberlo juzgado sin poder.

-   Vaya… eso si que no lo entiendo.

-   ¿No? dime pues ¿Por qué me agrediste un alguna ocasión con tus actos? (esos por los que me pides perdón hoy) ¿Por qué me ofendiste en su momento? ¿No fue a caso, sino porque entonces creíste conveniente hacerlo? ¿No fue acaso porque realizaste un juicio sobre mí y me consideraste merecedor del trato que me diste?

 

Nuevamente tuvo que pensar… pero tras hacerlo rápido, contesto con reconocimiento

 

-   Si… ¡cierto, que fue así! Yo no vi otra cosa en ti que ser merecedor de mi trato, aunque ya después… me di cuenta de que había juzgado y obrado mal contigo, por eso te pido perdón ahora.

-   Entonces… como dices, primero me juzgaste y después me indultaste (me pides perdón por haberlo hecho).Es así también, de igual forma cuando quieras ser tú el que perdone a alguien; pasarás por el mismo proceso si tu perdón lo es en verdad: Primero lo juzgaste y sentenciaste de forma que después, cuando pretendas “perdonarle”, si alcanzas luz te darás cuenta que tú no eras quién para juzgarle… y le pedirás perdón por haberlo hecho, en vez atreverte a perdonarle.

-   Sabes, creo que estoy aprendiendo algo…

-   Si, seguro. Dime ¿cómo te sientes ahora?

-   ¡Mejor! Mucho mejor… te confieso que no me siento culpable… es algo raro… ¡estoy en paz!

-   ¿Y bien… te has dado cuenta que yo no he pronunciado aún las palabras “te perdono”? ¿te diste cuenta en todo este tiempo, que yo no te estaba dando aún lo que viniste a obtener de mí?

-   Si, es cierto…

-   Pero aún así… ¿te sientes ya bien?

-   Si… lo lamento, no quiero ser descortés contigo…

-   No, no te preocupes. Pues así es… como es. Tal como te dije al principio, cuando me pedías que yo te perdonara ¿recuerdas? te conteste… “no hace falta”, y así ha sido: no ha hecho falta que yo te perdone… para tú sentirte limpio de nuevo, en Paz.

-   ¿No? Bueno… no. Pero dime ¿cómo ha sido esto?

-   Porque el perdón, está… Simplemente, “está” sobre nosotros… como el sol lo está. Tan sólo hay que “tomarlo”… como al sol.

-   ¿No necesitaba pedirte perdón a ti?

-   No, no a mí. Simplemente, pedirlo… nada más.

-   Pero… ¿Y quien me perdonó a mí, que ahora yo me siento ya tan bien?

-   Tu.

-   ¿Yo?

-   Si… tú te perdonaste… confesándote. Primero el “remordimiento” te hizo ver que habías hecho algo de forma incorrecta (juzgarme de forma que yo mereciera ofensa o agresión), consecuentemente después intentaste arreglar ese desajuste, aún sin estar muy convencido de cómo, y te dirigiste torpemente a mí. Pero no fue sino hasta que llegó tu “confesión” (cuando reconociste haber actuado mal conmigo juzgándome y sentenciándome), y esta confesión se juntó con tu “arrepentimiento” (cuando declaraste realmente por qué necesitabas mi perdón), que entonces,  describiste en verdad “tu Plan de Negocio para la Paz”, y ante tu decidido plan… los recursos para satisfacer tu necesidad simplemente se derramaron sobre ti, de forma natural. Porque te abriste resueltamente… te llenaste de Paz.

- Vaya… no se que decir, pero se que lo que tú dices se acepta dentro de mi…

-   Entonces… si hay sitio apropiado en ti para esto, es que esto te pertenece ¡Gózate! pues… en esta Paz y en esta Sabiduría, has encontrado lo que era tuyo y habías perdido.

 

Ahora el silencio… fue como si lo inhalaran los dos, ambos parecieron alimentarse de los segundos siguientes sin hablar. Y continuó así la conversación…

 

- Pero dime, si solo yo puedo obtener mi perdón… ¿de que sirve que yo le pida perdón a un hombre?

- Si… si sirve. No porque él sea quien te lo puede dar, sino porque al pedírselo le ayudas a obtener su propia oportunidad de perdonarse él. Tu petición debes verla no como un ruego para ti, sino como una oportunidad para él. Debes… “animarle” a poder perdonar, en este caso a ti, pidiéndole tu perdón; convencerle de la necesidad de hacerlo. Ahora, tú sabes la libertad que se obtiene cuando perdonas en verdad (tu acabas de perdonarte a ti mismo), entonces… si supieras que alguien está encerrado aún en tal error ¿Permitirías dejar que se quede sin ese gozo? No, imposible ya… ¡Y menos aún si sabes que, si se encuentra en necesidad del bálsamo del perdón es por tenerte a ti mismo juzgado y sentenciado!

- Si… me urge animar al perdón a todos… no importa que crean perdonarme a mi o a otros.

- Recuerda esto: si el perdón es para ti, no importará que cuando lo pidas a tu ofendido este te oiga o que no… ni siquiera que esté presente, pues como ya sabes el perdón tuyo, solo tú puedes obtenerlo para ti. Pero si deseas que tu ofendido obtenga perdón para sí… humíllate ante él, de todas las maneras posibles, hasta motivarlo a ejercerlo… pensando él que sobre ti, y sabiendo tú… que sobre él.

- Si, así haré con aquellos a los que cada vez yo ofenda. Pero, ¿y con los que me ofendan a mi?

- ¿Tus agresores? ¿Tus ofensores? Por esos… Pide tú perdón, por considerarlos tal cosa. Y ruega por ellos siempre… para que un día puedan venir a verte, como tú viniste hoy a verme a mí.

 

Y por fin, cuando ya se sentían más unidos que nunca, se despidieron los dos, con amor… por tanto, sin vergüenza.

 

 

 

 

Gracias Padre.

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Una respuesta a El hombre que aprendió a perdonar (Cuentos)

  1. Maria Victoria dijo:

    Hola Fer :)
     
    Que lindo!! :) es lo que aprendí, es la idea que capté alguna vez cuando hablamos del tema, del perdón :)
     
    Y asi como bien dices, el perdón lo que hace realmente es liberarnos, sobre todo a nosotros mismos!.
     
    He tratado alguna vez de repartir la idea, y no es tan sencillo entenderlo a veces, pero es bonito en ese intento recordar una vez más que asi va, que siempre es bueno pedir perdón, aún e inclusive cuando creemos que no debemos, pero que la otra persona se siente asi, herida. Porque le damos a esa persona el pase a poder perdonar y pues eso! para perdonar debimos de haber juzgado antes a esa persona, a quien debe uno de pedir perdón uno realmente es al Padre, y por faltar a lo que él nos dice. Y sobre todo entenderlo bien, que la culpabilidad lo único que nos trae es agovio. Nada perdemos con pedir perdón y mucho ganamos :)
     
    Me encantó que lo compartieras con todos!, y pues yo una vez más he recordado lo que es el perdón EN VERDAD :)
     
    Muchos abrazos y besos para tí! :)
     
    Te deseo una semana preciosa!!
     

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